Los silbidos del viento

Al Capitán le asombra la capa de nubes, el color violáceo, inconcebible en aquellas latitudes. Duda. Observa los espejos retrovisores. Muy cerca, divisa la silueta firme del avión numeral. En la estrecha cabina del Mirage, quien no está firme es el segundero: gira, gira, incesantemente, suma minutos al ritmo del corazón.

“¿Desciendo?”. El Capitán no tiene a quién consultar. La radio atraería la atención de las defensas. Los auriculares sólo le sirven para oír su propia respiración. Es un sonido grave. Cada exhalación abre el micrófono y le llega a la conciencia. Crispa la mano izquierda sobre el acelerador. Lo suelta. Los cuatro dedos tamborilean. Duda: aducir una falla y otro día regresar. El reloj, inexorable, sigue la marcha hasta que, “descenso, top”, se ordena en voz alta. Con un estremecimiento, carrillos apretados, reduce la potencia.

Adentro, la nube es más oscura. Ambos aviones parecen burbujas luminosas. El corazón le mueve el correaje del pecho. Con la cabeza inclinada, apenas iluminado por la fosforescencia del panel, el Capitán mantiene los ojos clavados en los instrumentos. “Un vuelo sin sobresaltos”, le dijeron al ordenarle la misión. Un reconocimiento en medio de las islas, sin tropas ni defensa de misiles. Hace una mueca debajo de la máscara. Ironías de la vida: doscientos metros de altura y aún vuelan entre nubes. “Bajá, no hay más que agua. Animate, bajá un poco más. Vamos”, se da coraje, controlando un molesto temblor de rodillas y la fría transpiración de las palmas.

Sin aviso, el gris plomizo se vuelve azul. Azul marino, azul acero, azul océano cubierto por un rebaño interminable de motas espumosas. Volando en aire claro, el Capitán, enérgico, sacude los pedales. Y, tras el guiño breve de la cola del reactor, la formación se abre. Flechas atronadoras, con trescientos metros de separación, vuelan paralelas. A cinco metros del agua, las olas las salpican con sal. Un vientre de nubes renegridas las amenaza veinte metros más arriba. A tremenda velocidad, no hay tiempo que perder, controles y más controles: combustible, mira, llave de armamento; todo, sin dejar de mirar fuera ni de vigilar la cola del compañero. Cada salto del segundero es una hora, cada minuto, una eternidad.

Al compactarse la franja gris del horizonte, claro indicio de que se aproximan a la costa, como si salieran en una caverna, las nubes se elevan y mejora la visibilidad. En ese instante, “Harriers”, el Capitán recibe la advertencia urgente de su compañero. Con violencia, desvía la trayectoria. “Misil”, resuena otro alarido. Los ojos desorbitados buscan hacia atrás. Son acontecimientos simultáneos: el destello, el impacto salvaje, la pérdida de energía, el extremo del ala desprendida, la espuma de las olas que suben. Aplasta la nuca contra el respaldo. Hunde la mano entre las piernas. Muerde con rabia. Cierra los ojos. Desesperado, tira hacia arriba la manija de eyección. Las vértebras se comprimen. La boca vacía de la cabina se aleja. Después, nada.

asiento 2

El agua helada lo vuelve a la realidad, a ese mundo submarino, salado, que le entra por los ojos e inunda su garganta. Recién entonces tiene noción de estar sumergido, de que el salvavidas se infla y lo sube. Con angustia, patalea hacia la luz fraccionada del exterior.

¡Qué espectáculo, su cabeza emergiendo en aquella inmensidad! Aparte de Dios, ¿alguien escucha los gritos, los jadeos y el frenesí incontrolable con el que pretende respirar? Minutos después, exhalando sonoro, los pulmones se recuperan. Respira calmo. Curiosa paradoja: lo invade una extraña sensación de paz. Ha perdido el casco y la máscara. Flota de espaldas. Apoya la cabeza sobre la almohada de aire del chaleco salvador. Sólo sabe que está vivo y que, con cada onda, sube y baja. Oye los golpes secos de las olas y el zumbido apagado de la espuma al volar. En la cara, gotas de lluvia y el frío salado del mar. Y quiere dejarse estar, continuar así para siempre. Mecerse en el oleaje, abandonarse a esa ensoñación. Sonatas de Mozart, los brazos tibios, la frescura del pecho de su mujer. Aletargado, escucha una voz: “Te estás muriendo, te estás helando, Capitán”.

Y reacciona. Torpe, agita brazos y piernas. Nada hasta el bote salvavidas que, atado a la cuerda de sujeción, lo aguarda fiel tres metros más allá. Dos veces, intenta subir. En las dos oportunidades, el bote zafa y da una vuelta campana. Cuando las fuerzas llegan al límite, una ola inesperada lo incrusta en el metro cuadrado, del piso de la embarcación. Allí queda el Capitán. La mejilla sobre la superficie mojada, la boca abierta, los ojos mirando la pared cilíndrica, inflada, que lo sustenta. “Gracias Dios mío por estar con vida”, reza por primera vez después de la eyección. Ora a Dios y a su amado Hijo Jesucristo, a la Santísima Virgen María y al Ángel Guardián. Ruega a todos, y llora con un llanto ronco, viril. Contra el piso frío y húmedo, sufre y tirita como un recién nacido. Piensa en su esposa, en sus hijas, en la mano ansiosa de su madre al partir. Y el recuerdo lo decide a luchar contra el dolor y la soledad. Se acomoda. Se palpa el cuerpo, los magullones de la cara, el hombro salido de lugar. Con la mano amoratada, los dedos agarrotados, recoge del mar el equipo de superviviencia, y se lleva a la boca el primero de los caramelos energizantes.

Recuerda las enseñanzas para sobrevivir en el mar. Prepara la bengala, el cartucho de humo rojo, el sobre con polvo para teñir de naranja el agua y marcar la posición. Pero, “quién me va buscar”, se lamenta en voz alta. Mira el techo oscuro de las nubes, ahora, de tan bajo parece tocar las olas. El viento aumenta y disminuye. A veces, sopla con tal fuerza que la lluvia, en lugar de caer, vuela horizontal. Al controlar la brújula, sus ojos se iluminan. Ha descubierto que el aire lo empuja hacia el noreste, hacia las islas que buscaba con el avión. No podrá cumplir la tarea encomendada pero, al menos, sabe que no está lejos de llegar. Con espíritu renovado, optimista, el Capitán se cubre con el poncho impermeable y se dispone a paladear el segundo caramelo. “Dedos inútiles”. Para sujetarlo, ha debido apresarlo entre las dos manos, quitarle la envoltura con los dientes.

La oscuridad calma el viento, desgarra las nubes y, entre huecos velados por tules grises, cruza un rayo de luna. Una estrella parpadea compasiva. A las ocho, para no dormirse, el Capitán canta. La voz estentórea lo anima. En las pausas, con la punta de la lengua, enjuga el gusto salobre del bigote. A las diez, “mientras cruce este cielo un avión”, sigue cantando. Y al rato, “por qué Señor, por qué”, se revela y la voz se le entrecorta. “Y un piloto argentino lo guíe”, de un cabezazo se despierta, continúa: “no habrá nadie en el mundo que arríe”. Otro cabezazo, va callándose despacito. “Su celeste y azul pabellón”, es lo último que se le escucha decir. A las cinco, las pestañas se le apoyan sobre las mejillas como los flecos de un telón.

La tormenta terminó. El día se presenta brillante, un viento helado sopla desde el sur. El Capitán, todavía desconcertado, no seguro de estar soñando, no siente frío ni dolor, se deleita observando los islotes cubiertos por una tenue bruma azulina. El bote va rodeándolos con lentitud. Se desplaza en dirección a una masa de tierra mayor. El Capitán conjetura que está a la vista de la Isla Soledad.

En ese preciso momento, dos aviones A4-B, probablemente de regreso de una misión, se aproximan en vuelo rasante, justo hacia la vertical de su cabeza. Los ha descubierto como una discontinuidad en la línea del horizonte. Con claridad, percibe la fina perturbación sobre el agua que precede el pasaje y, cuando la estela turbulenta producida por el aire desplazado y el atronador torbellino del motor, casi da vuelta el bote, el Capitán empieza a gritar: “y no hay quien pueda, y no hay quien pueda, con la gente cazadora, y no hay quien…”. Se siente eufórico, pero se calla. Ha intentado agitar los brazos, saludar a sus amigos. Y no ha podido. No ha logrado mover ese manojo de dedos fríos, antes rojos y ahora blancos que, a un costado del bote, donde termina el brazo sumergido, siguen engarrotados el vaivén del oleaje.

El Capitán recapacita y entristece. Desiste de seguir con el canto triunfal. De todos modos sabe que, por más que los pilotos hubieran estado a su lado, no habrían escuchado nada más que los silbidos del viento.

El Búho escribidor

Luis Satini

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Eyectados de Dagger – Mirage de Izquierda a Derecha

Comodoro (R) Jorge (Daga) Senn
Brigadier (R) Gustavo (Grillo) Piuma Justo
Comodoro (R) Luis (Halcón) Puga
Brigadier General (R) Guillermo (Poncho) Donadille
Comodoro (R) Raúl (Tigre) Díaz

Mayor Héctor (Jote) Luna falleció en un accidente de Pampa en Plumerillo, Mendoza el 23 de noviembre de 1991.

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