Miguel FitzGerald – Aterrizaje en Malvinas – La trama secreta

La idea de aterrizar en las Malvinas sol√≠a sobrevolar ‚Äďnunca mejor utilizado el t√©rmino‚Äď las charlas de hangar en el Aer√≥dromo Monte Grande, cuando Miguel FitzGerald tom√≥ una decisi√≥n sobre el asunto: √©l har√≠a el vuelo.

Hab√≠a nobles y v√°lidos antecedentes. Aldo Comi y C√©sar √Ālvarez hab√≠an intentado hacerlo all√≠ por el a√Īo 1952, en pleno gobierno de Per√≥n, pero una meteorolog√≠a adversa les hab√≠a impedido el descenso por lo que, sin lograrlo, regresaron al continente para sufrir, adem√°s de la gran desilusi√≥n, una sanci√≥n tan desmedida como absurda.

El éxito del vuelo de FitzGerald fue producto de una estrategia bien concebida y mejor ejecutada. Los lineamientos del plan eran: el secreto, la difusión masiva del hecho consumado y la atención a los detalles técnicos del vuelo en sí.

‚ÄďCuando Aldo Comi y C√©sar √Ālvarez lo intentaron ‚Äďnos dice Fitzgerald a poco de comenzar nuestro di√°logo‚Äď no partieron de R√≠o Gallegos, como yo, sino de R√≠o Grande, Tierra del Fuego, que es un poquito m√°s cerca de las islas.

Ellos hicieron un plan de vuelo y, una vez que estaban en el aire lo cambiaron informando por radio que se dirig√≠an a las Islas Malvinas. Luego buscaron el archipi√©lago con la mala suerte de un plaf√≥n bajo que no les permiti√≥ visualizar el terreno. Entonces, haciendo un gran semic√≠rculo, regresaron al continente para aterrizar en Comodoro Rivadavia, donde los aguardaba una orden terminante: ¬°que detuvieran el avi√≥n!, ¬°qu√© detuvieran a los pilotos!, ¬°qu√© los metieran presos! y qu√© s√© yo cu√°nta burocracia de una Fuerza A√©rea siempre pronta para la sanci√≥n. Aquellos camaradas pernoctaron en un hotel que, por verg√ľenza ajena, un comisario consigui√≥ para atenuar la directiva de meterlos en un calabozo.

El antecedente de estos hombres fue una información fundamental para la elaboración de la estrategia que llevaría al piloto argentino a nuestras islas.

‚ÄďSi yo manifestaba de entrada que me dirig√≠a a las Malvinas y luego no pod√≠a aterrizar por condiciones meteorol√≥gicas, me refund√≠an. Pero si volaba hacia all√≠, pod√≠a aterrizar y todo se transformaba en un hecho consumado adecuadamente difundido por la prensa, y los encargados de sancionarme tendr√≠an a la opini√≥n p√ļblica en contra. ¬ŅC√≥mo iban a sancionar a un argentino porque aterriz√≥ en las islas Malvinas? ‚Äďdice FitzGerald, antes de detallar cu√°l fue su plan.

La fecha en que se llevar√≠a a cabo la haza√Īa no era un dato menor. All√° por 1964 las Naciones Unidas se aprestaban para una sesi√≥n especial sobre descolonizaci√≥n de territorios en Am√©rica, en la que se discutir√≠a, el 8 de septiembre, la situaci√≥n de las Islas Malvinas.

‚ÄďYo trat√©, y lo logr√©, de que mi vuelo a las Malvinas coincidiera con esa reuni√≥n, y de asegurar la difusi√≥n del hecho como una noticia que ocupara una porci√≥n importante de los medios de comunicaci√≥n.

FitzGerald contaba con el apoyo de dos periodistas que gestionarían, sigilosamente, para que los medios en que trabajaban reflejaran el hecho. Se trataba de Juan Carlos Nava, de La Razón, y León, de Crónica.

‚ÄďNava fue al despacho de F√©lix Lai√Īo, Secretario de Redacci√≥n de La Raz√≥n, para ofrecerle la primicia, pero recibi√≥ un fr√≠o ‚ÄúHaga un memorando y veremos‚ÄĚ como respuesta. El ‚Äúgordo‚ÄĚ Le√≥n, de Cr√≥nica ‚Äďdiario que no hac√≠a mucho hab√≠a aparecido‚Äď fue a ver a H√©ctor Ricardo Garc√≠a, un hombre sensible a la causa de las Malvinas, diestro en el manejo de la primicia y conocedor de las apetencias de sus lectores, quien capt√≥ inmediatamente el valor de la propuesta ‚Äďcuenta FitzGerald con una jovial memoria y agrega pormenores‚Äď. Me quer√≠a dar plata para financiar la operaci√≥n, poner un fot√≥grafo abordo y otras muchas facilidades.

Mike, como le gusta que lo llamen, no aceptó tanto convite. Hombre parco y firme en sus principios, contestó que tenía el avión, un Cessna 185, que Siro Comi le había prometido, y que el combustible lo ponía de su propio bolsillo, por lo que la operación en sí debía mantener una suerte de asepsia respecto de toda cuestión que no fuera el hecho concreto y su difusión. Por otra parte, tener abordo a una persona no entrenada en el difícil arte de volar por varias horas sobre las gélidas aguas del Atlántico Sur, significaba un riesgo adicional que no estaba dispuesto a correr.

Los pilotos colegas de FitzGerald y los técnicos del aeródromo de Siro Comi en Monte Grande, Provincia de Buenos Aires, colaboraron en la preparación del vuelo.

‚ÄďTu padre [Horacio Franco] ‚Äďdice Fitzgerald‚Äď, colabor√≥ para instalar el tanque suplementario de combustible adentro del avi√≥n; Jos√© y Roberto Quintana hicieron lo propio con un equipo de HF (radio) sobre el asiento del copiloto, y as√≠ fue tomando forma el proyecto de un vuelo que comenzar√≠a en Monte Grande el 6 de septiembre de 1964. Para ese momento, los periodistas de Cr√≥nica hab√≠an ‚Äúescrachado‚ÄĚ todo con sus c√°maras de foto, el avi√≥n, a m√≠‚Ķ ten√≠an pr√°cticamente armado el diario en que aparecer√≠a la noticia.

De Monte Grande vol√≥ a Olavarr√≠a, luego a Trelew, donde se reabasteci√≥ de combustible, para retroceder a Puerto Madryn, a fin de pernoctar. Al d√≠a siguiente, a√ļn noche cerrada, FitzGerald sigui√≥ hacia el sur. Lo explica as√≠:

‚ÄďPas√© por Comodoro Rivadavia y Caleta Olivia, la ruta me llevaba a Pico Truncado. El avi√≥n ten√≠a un problema, el motor ‚Äúrateaba‚ÄĚ y eso me preocupaba, as√≠ que aterric√© en Pico Truncado, ten√≠a que ver qu√© era lo que ocurr√≠a. All√≠ quit√© el capot y detect√© que el problema estaba en los cables de las buj√≠as. Segu√≠ a R√≠o Gallegos, donde hab√≠a tres pistas: el aeropuerto, con jurisdicci√≥n de la Fuerza A√©rea, la Base Aeronaval y el aeroclub, en el que tambi√©n se encontraba la aeron√°utica provincial. Cargu√© combustible en el aeropuerto, pero luego me dirig√≠ al aeroclub, donde finalmente solucionamos el problema del motor.

Cuando decimos que la operaci√≥n tuvo ‚Äúinteligencia‚ÄĚ, lo hacemos en el m√°s amplio sentido del vocablo. FitzGerald no s√≥lo aplic√≥ sus conocimientos como piloto, sino que tambi√©n recopil√≥ la informaci√≥n que la operaci√≥n requer√≠a, con cierta habilidad t√°ctica. Contaba en el terreno con una ayuda muy interesante. En R√≠o Gallegos estaba Ignacio Fern√°ndez, quien era comandante de Austral y gerente.

‚ÄďYo le hab√≠a confiado mi prop√≥sito para que en R√≠o Gallegos recabara toda la informaci√≥n t√©cnica para el vuelo ‚Äď nos dice FitzGerald‚Äď. √Čl se encargar√≠a de ir a meteorolog√≠a para traerme el m√°s reciente relevamiento de la zona que volar√≠a, de modo tal que yo no apareciera por ning√ļn lado. Tambi√©n, hab√≠a hecho participar al operador de la radio del aeropuerto de R√≠o Gallegos, que era a su vez despachante de Austral, as√≠ que era de cierta confianza.
Con √©l coordinamos una secuencia de contactos por radio; yo llamar√≠a en la hora y a las y veinte dando la posici√≥n, siempre sin hacer ‚Äúplan de vuelo‚ÄĚ. Ignacio era amigo de un oficial de la Fuerza A√©rea que era la m√°xima autoridad en R√≠o Gallegos quien, sin saberlo entonces, colabor√≥ llevando a Fern√°ndez de aqu√≠ para all√° por la zona.
Luego tuve que encontrarme con Ignacio Fern√°ndez, y surgi√≥ el inconveniente de que no pod√≠a sacarme de encima a este se√Īor, pero hasta ah√≠ todo era explicable, ya que para todos los dem√°s yo me dirig√≠a a una estancia en Monte Dinero, Ushuaia, esa era mi cobertura.

Toda la maquinaria trabajaba: la prensa lista para la noticia, las comunicaciones preparadas, la log√≠stica ajustada y la informaci√≥n final para el vuelo en proceso de conseguirse. Tambi√©n, a bordo del LV-HUA ‚ÄúLuis Vernet‚ÄĚ, FitzGerald guardada con sentimiento y veneraci√≥n la bandera celeste y blanca con que la familia vest√≠a su departamento en las fechas patrias. Pero necesitaba algo m√°s que Mike encontr√≥ en el hangar del aeroclub de R√≠o Gallegos, tal vez era la √ļnica pieza que faltaba en todo este rompecabezas secreto: un asta para la bandera que enarbolar√≠a en las Malvinas Argentinas.

En el hangar consum√≥ el armado del preciado s√≠mbolo, lo envolvi√≥ y all√≠ lo dej√≥ hasta el d√≠a siguiente. Solucionado este √ļltimo asunto, FitzGerald parti√≥ con Fern√°ndez para el pueblo, los alcanz√≥ el militar quien tambi√©n se ofreci√≥ para llevarlos al aer√≥dromo al d√≠a siguiente, para que el piloto, amigo de su amigo, continuara el vuelo a Ushuaia; seg√ļn √©l estaba informado, era su destino.

La ayuda se aceptó, pero nadie calculó que su constante cortesía sería un obstáculo.

‚ÄďEl tipo no se iba ‚Äďdice FitzGerald‚Äď yo ten√≠a que tomar la bandera y despegar, no sab√≠a c√≥mo hacerlo sin que surgieran preguntas. Ignacio Fern√°ndez, llevando al l√≠mite la confianza que ten√≠a en su amigo militar, lo abord√≥ y, casi jugando la misi√≥n, le dijo: ‚ÄúChe, Miguel se quiere ir a Las Malvinas‚ÄĚ.
Momento crucial, segundos que parecieron horas y una sonrisa en su cara. Lo miro y le dijo: ‚ÄúMe alegro que lo tome as√≠‚Ķ‚ÄĚ. A lo que contest√≥: ‚ÄúPor favor, si usted se la va a jugar, c√≥mo no nos vamos a jugar nosotros‚ÄĚ. As√≠ que voy, saco la bandera, pongo el avi√≥n en marcha y despego.
A las 09:00 del d√≠a 8 de septiembre, d√≠a de la sesi√≥n de descolonizaci√≥n en las Naciones Unidas, y mi cumplea√Īos, la fase crucial de la operaci√≥n hab√≠a comenzado.

Ya en el aire FitzGerald recibió una llamada desde el Aeropuerto Río Gallegos, contestó que la operación era normal, que se encontraba a 8.000 pies y brindó otros datos mientras iba internándose en el mar rumbo a las Malvinas. Sucede que cuando se pasa la línea de la costa y comienza a sobrevolarse el mar, todo suele cambiar.

Surgen ruidos extra√Īos, el motor suena distinto y el capot vibra de una manera que antes era diferente‚Ķ hay que tener cierta firmeza de car√°cter para abstraerse de esas impresiones mar√≠timas y volar concentrado en la navegaci√≥n, los instrumentos del motor y los c√°lculos.
Abajo está el mar, en este caso 550 km de un mar gélido y revuelto. Nuestro hombre llevaba un bote atado a su cuerpo, pero sabía que si debía acuatizar allí, sus posibilidades eran mínimas. Había volado más de 47 horas seguidas en 1962 cruzando todo el Océano Pacífico en busca de un record, pero ahora eran las Malvinas, nuestras Malvinas.

La reuni√≥n de la ONU era ese d√≠a. H√©ctor Garc√≠a le hab√≠a advertido que el 9 de septiembre se jugaba una fecha clave del campeonato de f√ļtbol, y que no pod√≠a asegurarle la tapa del diario. Todo eso estaba en la mente de FitzGerald mientras el Cessna parec√≠a gru√Īirle al cielo oce√°nico y al mar argentino que comprend√≠a al hombre.

‚ÄďSegu√≠ volando, todo estaba en orden ‚Äďse√Īala FitzGerald cambiando el tiempo verbal, viviendo el hecho‚Äď.

Comienza a formarse una capa de nubes. Yo sab√≠a que en las islas hab√≠a un cerro de 600 metros, esa era la altura que deb√≠a respetar si no pod√≠a ver el terreno. Continu√© avanzando sobre capa. El archipi√©lago tiene 250 km. De este a oeste y unos 150 de norte a sur, por lo que sab√≠a que viniendo del continente a alg√ļn lado de las islas la iba a ‚Äúembocar‚ÄĚ; navegaba guiado por la emisora ‚Äďradio AM‚Äď de R√≠o Gallegos y el radiocomp√°s.

Luego de cierto tiempo un agujero en la capa de nubes me permite ver unas rocas, así que me sumerjo por allí y decido continuar visual, lo que significaba no superar los 150 metros. Aviso a Río Gallegos que había encontrado lo que buscaba y que estaba cruzando el estrecho de San Carlos, que era una referencia que nadie tendría demasiado en cuenta.
En mis planes estaba llegar a las Malvinas para el mediodía, esa es la hora de mayor calor y, por lo tanto, la más adecuada para que las nubes, de haberlas, y siempre las hay, tuvieran su mayor altura.
Avanzo, con tierra a la vista, hasta que llego a Puerto Argentino, que entonces se llamaba Stanley. Allí hago dos virajes sobre el pueblo para que todos me vieran. Hechas las dos vueltas sobre el pueblo, me dispongo a aterrizar en una cancha de carreras cuadreras, cuya existencia conocía por el testimonio del propietario de la Estancia Monte Dinero, en Tierra del Fuego.

Informo a R√≠o Gallegos d√≥nde estaba, aviso sobre mi cometido por HF. Como ‚Äúreguero de p√≥lvora‚ÄĚ comienza a propagarse la noticia. Aterrizo, freno el avi√≥n, pero no detengo el motor, me bajo con la bandera, la desenrollo y la sujeto al alambrado donde queda flameando como si respirase orgullosa el aire de su tierra.

Subo al avi√≥n, me dirijo a la cabecera para despegar, ya comenzaban a congregarse unas cuantas personas. Mi llegada a Stanley no habr√≠a sido una sorpresa para los lugare√Īos, yo hab√≠a volado un buen rato sobre las islas y seguramente alguien habr√≠a informado por radio que un avi√≥n extra√Īo los sobrevolaba.
Ellos estaban acostumbrados a ver una aeronave con flotadores, un De Havilland Beaver, pero no un avi√≥n ‚Äúcon ruedas‚ÄĚ como el Cessna.
Del grupo que se reuni√≥ en la cancha de carreras sali√≥ un hombre que se aproxim√≥ al avi√≥n, le abr√≠ la puerta; me pregunta: ‚ÄúWhere do you come from?‚ÄĚ (¬ŅDe d√≥nde viene?)‚ÄĚ ‚ÄúDe R√≠o Gallegos‚ÄĚ, contesto. Me ofrece combustible.
Tal vez se imaginaba que yo me hab√≠a desviado. Le agradec√≠, le dije que no necesitaba nada, pero le ped√≠ un favor: que le entregara al gobernador una proclama que hab√≠a llevado conmigo. Quiz√° hoy ‚Äďreflexiona FitzGerald‚Äď despu√©s de tantas cosas ocurridas, el texto no tenga demasiado trascendencia, pero en aquel momento‚Ķ Luego me enter√© de que bandera y proclama estar√≠an o estuvieron en el peque√Īo museo del pueblo.

Miguel FitzGerald despegó de regreso al continente. De ida habían sido tres horas y cuarto, pero de regreso serían cuatro o más, los vientos siempre soplan del oeste. Ya en el aire llamó a Río Gallegos, le indican que no se dirija al aeroclub, sino al aeropuerto.

Nuestro ‚ÄúC√≥ndor solitario‚ÄĚ pregunta:
‚Äď¬ŅMe van a meter preso?

Del otro lado una risa le da cierta tranquilidad.

La suerte estaba de su lado. Ya por aquellos tiempos se enfrentaban legislaturas y gobernadores. Santa Cruz era un hervidero de periodistas que hab√≠an llegado para cubrir la posible destituci√≥n del gobernador, pero una noticia, tal vez m√°s jugosa, comenzaba a copar la escena. La primicia era de Cr√≥nica, que en su quinta edici√≥n a p√°gina completa titul√≥: ‚ÄúMALVINAS: HOY FUERON OCUPADAS‚ÄĚ. La Raz√≥n no ten√≠a esa informaci√≥n‚Ķ y casi todos los ejemplares de ese d√≠a quedaron en los escaparates de los quioscos.

Cuando FitzGerald llega a R√≠o Gallegos, la autoridad aeron√°utica le labra un sumario, recuerda las palabras que le hab√≠an dicho esa misma ma√Īana, pero no se sorprende.
Vuela de regreso a Buenos Aires, pero pernocta en Bah√≠a Blanca y al otro d√≠a aterriza, a pedido, en Azul. All√≠ unas se√Īoras lo esperaban con un ramo de flores, se entera de que pertenecen al comit√© radical. Circunspecto, siempre en sus treces respecto del cometido, Miguel FitzGerald aclara:

‚ÄďEsto no es pol√≠tica de partido, se√Īoras, ser√© un aventurero o un patriota, como ustedes quieran, pero mi idea era poner la bandera de mi pa√≠s en nuestras islas, y esa es la √ļnica bandera que reconozco.

El sumario deriv√≥ en un ‚Äúapercibimiento‚ÄĚ que, por decisi√≥n del Presidente Illia, quedar√≠a sin efecto. En las Naciones Unidas tambi√©n repercuti√≥ el hecho. Los diplom√°ticos se habr√≠an molestado, seg√ļn se supo luego, pero una reuni√≥n que seguramente hubiera pasado inadvertida para los argentinos, despert√≥ un inter√©s inesperado.

‚ÄďHan pasado 48 a√Īos ‚Äďdice Miguel FitzGerald en su departamento de Parque Chacabuco, a los 83, junto a su esposa Palmira, y habiendo superado una grave enfermedad hace alg√ļn tiempo‚Äď mi aterrizaje en las Malvinas sigue dando que hablar. Fue una gran satisfacci√≥n personal, sin embargo ‚Äďse interrumpe para luego continuar‚Äď no ha resuelto nada. Luego vino el ‚ÄúGrupo C√≥ndor‚ÄĚ y el DC-4 de Aerol√≠neas que, en vuelo a R√≠o Gallegos, fue tomado y desviado para terminar en la misma cancha de carreras. Sobre ese vuelo, Edgardo Sosa Laprida escribi√≥ un libro.

También hubo una guerra…

El hombre entrevistado calla. El cronista tambi√©n. El tiempo de las preguntas formales ha pasado. La haza√Īa fue escrita muchas veces en 48 a√Īos y se escribe otra vez con la esperanza de un enfoque distinto. Las Malvinas siguen all√≠, hoy parecen m√°s lejanas. Muchos pilotos argentinos volaron hacia ellas en forma heroica.

FitzGerald, un civil, fue el primero

V.G.M. R.C.L
(Francisco Piagio)

Luis Satini

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